LA PIEDRA DE ARÁ

En memoria de mis ancestros cuyo ADN ha viajado por generaciones para que yo los reconozca en mi propia existencia.

Las gallinas de la casa de los Montoya, empezaron a escasear, las hijas de Alcides se encontraban la huerta de la casa llena de plumas y eventualmente algunas vísceras que habían escapado a las garras de los gallinazos. Israel el vecino que siempre andaba de pelea con los Montoya le gritaba en medio de los insultos matutinos a Berenice, que su papá, el brujo, se la pasaba sacrificando animales para que el dueño del infierno le devolviera bien fuera su alma o los lingotes de oro que alguien le había robado y con ello recobrar su cordura, y Berenice, que era creyente a más no poder se enfurecía ante las palabras de Israel que para entonces conocía todos los lados vulnerables de su contrincante.
Aquella mañana Alcides se cambió de calzoncillos y salió a su caminata diaria, atravesó la calle del pecado, luego calle puerca, el alto de la victoria y dio vuelta hasta el castillo por donde descendió hasta la plaza de mercado, después le dio varias vueltas al parque como buscando algo que se le había perdido, quiso tomarse un tinto en el kiosco, pero no llevaba consigo dinero para pagar por él. Rascándose la cabeza, como quien está tratando de recordar algo, deshizo el camino que había recorrido para alcanzar de nuevo su casa, pasó por la calle del pecado como siempre, inmutable, como si las mujeres de vida alegre le fueran ajenas, como si no le gustaran, o como si ninguna fuera tan mujer como su ahora lejana Noelia.
Entró en su casa y se tomó una taza con agua panela que estaba dispuesta en el fogón de leña, después entró a su habitación y sacó la piedra de “Ará” envuelta en un pañuelo rojo y cuatro velas de cebo, bajando por la escalera que lo conducía al huerto de la casa, se torció un tobillo y mentó la madre con rabia. Esa fue la última vez que Emiliana, otra de sus hijas, que andaba rondando en su costurero, lo escuchó mentar la madre.
Al atardecer preocupadas porque Alcides no había venido a la hora del almuerzo, empezaron a buscarlo, el último lugar al que acudieron fue la huerta, que para entonces estaba atestada de plumas, pasaron debajo del enorme aguacatal y del árbol de zapotes, descendiendo por una pequeña loma que conducía a una cañada por donde fluía una quebrada de agua transparente, donde se bañaban los sobrinos cuando el sol conseguía calentar un poco los días. Pocos pasos antes de la quebrada lo encontraron, estaba en el piso rodeado de gallinas sacrificadas, dos velas de cebo clavadas junto a sus pies y sus brazos respectivamente y que debieron estar encendidas y el viento las había apagado, tenía la piedra de “Ará” apretada en su mano izquierda y estaba poseído por el frío característico de la mujer más puntual del mundo, la muerte. Berenice se estremeció de pies a cabeza, no tanto por la muerte de su padre, sino por la manera como había sucedido y porque el viejo Israel, tendría suficiente tema para insultarla el resto de su vida, mientras Emiliana quien gozaba de una pasión desbordante por el drama, lució exaltada con la escena y Martha que sostenía en sus brazos a Antonia, la menor de sus hermanas, se limitó a mirar la escena con su eterna mirada compasiva. Llamaron al inspector de policía para que hiciera el levantamiento y redactara el acta de defunción del muerto, mientras los vecinos se amontonaban a lado y lado de la calle, murmurando acerca del suicidio de Alcides a manos de un brebaje que el mismo diseñara con plantas tóxicas de su huerta para darle fin a su vida, ya que no soportaba más el peso de un pacto con el rey del infierno en donde sus ganancias habían desaparecido, pese a que seguía encadenado a él.
La mayor intriga que ocupaba los vecinos era el destino final de la piedra de “Ará” un objeto que para entonces se había vuelto muy famoso en el pueblo, algo tan  misterioso del que todos sabían su nombre pero nadie conocía físicamente, porque el hermetismo con que Alcides siempre la guardó, la había condenado al anonimato.

No faltó quienes pidieran a las autoridades decomisar la piedra y guardarla como patrimonio cultural del pueblo para exhibirla en el palacio municipal. Por su parte dentro de la casa de Alcides sus hijas Berenice y Emiliana se disputaban la propiedad de la piedra, cada una tenía algo que argumentar, Berenice se creía con derecho a poseerla porque era la que más había cuidado de su padre durante sus últimos años de vida, mientras Emiliana cuestionaba los cuidados de un hombre lleno de vida al que sólo había que lavarle los calzoncillos que fue lo único que vistió en los últimos años, y argumentó su derecho a reclamar la piedra ya que era la única que había heredado los poderes mágicos de su padre. Fue Martha, la más humilde y noble de ellas, la que decidió que la piedra de “Ará” se fuera con su padre en el sepulcro, siendo como había sido el objeto más importante para él en su vida, y sobre todo para evitar que su alma quedara en pena a causa del apego que siempre sintió por esa piedra. Todas se miraron entre si y pensaron que era la idea más atinada, ya que lo último que querían era al alma de su padre rondando por la casa, matando las gallinas que quedaban en el gallinero y moviendo las ollas en la cocina.
Alcides lució su mejor traje en su féretro, y lucía tan imponente como alguna vez muchos años después luciera su hija menor Antonia durante el mismo acontecimiento, le pusieron la piedra envuelta en el pañuelo rojo sobre la parte alta del abdomen debajo de sus dos rígidas manos, para evitar que los curiosos que sólo fueron al velorio para ver la piedra de “Ará” la pudieran conocer, ya que para entonces las Montoya habían adquirido cierto estatus por ser las únicas que no sólo habían conocido la piedra de “Ará” sino que la habían tenido en sus manos y vaya uno a saber qué consecuencias haya tenido eso en ellas y que poderes mágicos hayan adquirido, algo con lo que en adelante Berenice intimidaba a Israel durante sus puntuales riñas.
El funeral de Alcides fue una ceremonia distinta ante la negativa del cura del pueblo de bendecirlo por estar del lado del diablo, sus hijas presionaron al cura con su propia fe y amenazaron con que no sólo ellas sino toda su numerosa familia materna y paterna dejarían de asistir a la iglesia, si no se le permitía por lo menos ser sepultado en el cementerio, pero el cura se rehusaba a que Alcides descansara en tierra santa, sobre todo porque nadie tenía tan asegurado el infierno en el pueblo como él, que ya había pagado la renta en vida por ese lugar. Pero la idea de que una familia tan numerosa dejara de pertenecer a la iglesia y se dedicaran sabe Dios a que, o abrieran una iglesia de otra denominación que le implicara competencia financiera a la santa iglesia católica, fue lo único que ablandó el corazón del cura que cedió en dejarlo sepultar en tierra santa, mas no en dejarlo entrar a la iglesia y menos aún en bendecirlo.
Ningún santo que había muerto antes en el pueblo consiguió el poder de convocatoria que obtuvo el aliado del diablo esta vez, el pecado vende más que la oración solía decir el mismo Alcides y su funeral fue la prueba de ello, el cementerio se llenó de gente que lo había conocido y hasta gente de las zonas rurales hasta dónde había llegado el rumor de un hombre que había hecho pacto con el diablo.
Alcides se fue en medio de mucha curiosidad y sin lágrimas, sus hijas siempre sintieron por él un temor al que llamaron respeto, que en realidad encubría un resentimiento enorme porque el hombre que se decía su padre, las hubiera dejado aguantar tanta  hambre sólo por acumular riquezas.
Esa misma noche la tumba de Alcides fue profanada y la piedra de “Ará” pasó a otras manos que le dieron tema de conversación al pueblo hasta que la misteriosa demencia de Argemiro Castaño, un próspero y ambicioso comerciante del pueblo hizo entrar en sospechas que él había sido el profanador de la tumba de Alcides, lo cual dio tema de murmuraciones por seis meses más, hasta que el cura del pueblo amaneció colgado de una viga en la sacristía y le atribuyeron el robo de la piedra de “Ará”. En adelante los habitantes de aquel pueblo encuentran la piedra de “Ará” de Alcides Montoya cada vez que una persona pierde la razón o se suicida, después de todo esos fueron los síntomas inequívocos de que Alcides era brujo y le había vendido el alma al diablo gracias a una misteriosa tarjeta de crédito de principios del siglo veinte, llamada piedra de “Ará”
Nota: el término Ara no lleva tilde, lo uso así para describir la manera como lo pronunciaban en aquel pueblo.

 

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