DE LUZ Y DE SOMBRAS.

Ésta semana me he visto sumergida en los álbumes de fotografías viejas, aquellas que fueron impresas porque era la única manera de inmortalizar un momento cuando las cámaras eran una suerte de artículos de lujo que pocos podían tener y unos cuantos podían mantener pues el revelado de un rollo era considerablemente costoso.

En mi casa sobreviven muchos de estos libros llenos de momentos sobre todo de la infancia de mi hija y de su juventud, ésta semana los he acariciado con la misma reverencia que se acarician las cosas que están a punto de desaparecer, y es que la figura de mi hija ha dado tantos cambios que acudo a estas fotos para recordar cómo era la niña que salió de mis entrañas, la que con tanto frenesí concebí mientras estrenaba vida sexual, la misma que me tuvo cautiva de una suerte de encantamiento sublime durante su primer mes de vida, a la que revisé cuidadosamente durante casi 2 horas para asegurarme que cada uno de sus huesos y músculos, a diferencia de los míos, estuvieran en su lugar, cumpliendo con una función perfecta de acuerdo a lo que socialmente se estipula perfecto.

Ahora pienso que mientras para mí con que estuviera completa era suficiente, no así lo era para ella, pues venía equipada con un perfeccionismo extremo al que yo no he podido aspirar dadas mis condiciones, a mí me basta con poder caminar cada día de mi vida y mover mi cuerpo como ni siquiera los médicos pensaban que podía hacerlo, a eso se limita mi concepto de perfección. Mi hija en cambio entrará de nuevo al quirófano a seguir perfeccionando mi obra maestra.

Cada vez que hablo con una madre o con una hija, me percato de lo difícil que es este tipo de relación, hay algo que tenemos en común las madres con las hijas y es que, para ambas, nunca nada es suficiente para que estemos satisfechas las unas con las otras. Cuando nuestros hijos nacen, nos equipamos con un plan perfecto para su educación y nos juramos que no cometeremos los mismos errores que cometieron nuestras madres y todas las mujeres que la antecedieron, mientras más excéntrico sea ese modelo personal de educación que tramamos para nuestros hijos más ellos se van desviando de ese modelo y empiezan a adoptar su propia forma y su propio estilo. A veces pienso que somos como sembradores de árboles esperando que ese árbol crezca tan derecho como pensamos que debe ser de acuerdo al tipo de cuidado que le estamos dando, sólo que el árbol adopta su propia forma, como nuestros hijos, ellos tienen diferentes maneras de buscar la felicidad, de edificarse en esta sociedad para perseguir la aprobación del grupo y sentirse parte de la manada, algo apenas natural, de hecho, todos lo hacemos de una u otra forma. Y es en esta parte donde nos llenamos de motivos para desaprobar a los hijos, para llenarlos de reproches para justificar la frustración que sentimos porque perdimos el control que pensamos que teníamos sobre ellos, es en este punto donde las expectativas pesan, aunque hayamos pensado que nunca estuvimos expectantes respecto a ellos, porque para decirnos mentiras a nosotros mismos solemos ser más hábiles que para decirlas a los demás.

Yo estoy aprendiendo con mi hija que aquello que más combates en la vida será lo que tus hijos harán porque la lección no es luchar contra lo que ellos hacen sino aceptar, comprender y respetarles su proceso, que mientras más resistencia le pongo al hecho de que no me gustan las cirugías estéticas, más veces entrará mi hija al quirófano, que la sensación de vacío y el miedo que siento cada vez que ella se somete a voluntad a la anestesia, es mía, me corresponde a mi trabajar sobre esas emociones, no le corresponde a ella evitarlas. Ella está cumpliendo perfectamente con su parte al seguir su destino, lo que pase con sus decisiones es la parte que le corresponde a ella, como las interprete yo es la mía, soy su compañera de ruta, ya no más su guía, ya no la alimento, ya sólo tengo hombros y regazo para sostenerla cuando ella así lo necesite, soy el vehículo que la transportó hasta esta experiencia, no su propietaria.

Nota: Debo leer la última parte 100 veces diarias hasta incorporarlo a mi práctica.

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