LOS OTROS Y LOS MALOS.

A Hilda por ayudarme a desenmarañar esta madeja de memorias corporales con sus maravillosas sesiones de biodanza.

La mente es una máquina prodigiosa, puede registrar vibraciones específicas de la voz, reacciones ante palabras que recibe bien sea por escrito o verbalmente, puede registrar actitudes y hechos. Muchas cosas que pasan desapercibidas sobre todo aquellas que desatan desorden y malestar en nosotros y que pensamos que están en el olvido pasan a un archivo inactivo en nuestro propio cuerpo, adoptando el nombre de memorias corporales y de donde sólo las sacamos cuando algo o alguien las detona, entonces emergen de aquel archivo al consciente y es cuándo reaccionamos de manera a veces exagerada con conductas extrañas hasta para nosotros mismos.

A mí me sucede con los juicios que la gente emite sobre las personas que tienen “problemas disciplinarios con la sociedad” así es como yo los nombro, los mismos a los que la sociedad llama maleantes. Emerge de mi archivo inactivo aquella niña que también fui, presenciando como se referían a su padre en tales términos y como tuvo que afrontar la realidad de quien era él a tan temprana edad, y sin embargo él seguía siendo su padre y años más tarde descubrió que debajo de la tan nombrada peligrosidad de él yacía un hombre completamente vulnerable, que enfermaba, que sabía llorar, que le dolía la vida, que lamentaba lo que inevitablemente y por algún designio había sido impulsado a realizar, sin apartar su propia responsabilidad de ello. Mi padre me enseñó una gran lección la última vez que lo vi, algunas personas que actúan mal dentro del marco social son plenamente conscientes de lo que hacen, se comportan equivocadamente y sin embargo no pueden evitar ser impulsados por esa clase de energía, saben lo que les puede pasar, pero algo más grande que ellos los lleva inevitablemente hacia allá, esa fuerza es la misma que nos hace actuar a otros bien. Cuando estas personas descubren lo inevitable de su lugar en este mundo, se abandonan a sí mismas y le permiten a su destino desplegarse sin resistencia alguna, cual vehículo de aprendizaje para quienes han elegido el dolor como maestro. Desde esta premisa la vida de ellos “los que tienen problemas disciplinarios con la sociedad” tiene un significado y una razón de ser, incompresible para la mayoría.

Somos unos jueces implacables con los que no se comportan como nosotros lo haríamos, nos llenamos de una soberanía moral para pedir la pena de muerte y todo tipo de torturas (como la castración en el caso de los violadores) porque la sociedad nos avala con razones de peso para hacer lo mismo que hacen los que condenamos, en ese proceso nos igualamos al agresor, quedamos al mismo nivel portando esa muleta social a la que llamamos justicia, pero ¿Es realmente justicia lo que queremos? Nos solidarizamos con los abusados y argumentamos que nos duelen las víctimas de las noticias, pero en realidad no nos duele el otro, lo que se despierta es el temor a que nos suceda lo mismo, y pedimos justicia a manera de salud preventiva para protegernos y proteger a los nuestros, en este orden de ideas venimos siendo lo mismo, unos depredadores en la cadena alimenticia planeando estrategias para sobrevivir a los que creemos que están por encima en esa cadena.

Con esto no pretendo justificar a quienes tienen problemas disciplinarios con la sociedad, sólo que cuando veo a una persona que está fuera de la ley, yo no veo sólo a esa persona, sino también a los que están detrás: hijos, esposa, padres, hermanos, y un círculo familiar que queda condenado a un exilio social, por el comportamiento de un solo miembro de la familia. Cuando yo era niña afortunadamente no había redes sociales que publicaran el escarnio público al que se sometió a mi padre. El director de la cárcel consciente de la marginación en que vivíamos los hijos de los presos, sobre todo los que habían tenido prensa, conformó un grupo de teatro con nosotros, así formamos nuestro propio círculo social a falta del que no teníamos fuera, de alguna manera nosotros también estábamos presos con nuestros padres…pero cada tres meses éramos importantes en aquella prisión cuando convocábamos un público significativo y representábamos nuestras incertidumbres, era, sin saberlo, nuestra terapia de grupo donde pretendíamos sanar nuestro dolor por el bullying y la marginación, porque la protección de derechos de los niños no incluye proteger los derechos de los hijos de los presidiarios.

Mi madre que era profesora, fue destituida del magisterio por ser la esposa de un preso y carecer de buena moral para educar a los hijos de las familias de bien, incluso si legalizara su divorcio con mi padre, no le serviría de nada, ya estaba manchada con los pecados de él, de la misma manera que lo había quedado yo. Unos cuantos años después, visitaríamos en el mismo patio de la cárcel donde estaba mi padre, al hijo de una de esas familias de bien que había asesinado a su joven esposa y se había asegurado de poderla sepultar en el recipiente más pequeño que existiera reduciendo su cuerpo a la mínima expresión. Comprobé que no había mucha diferencia entre nuestros jueces y nosotros como condenados. Mi madre apeló con un buen abogado y pudo recuperar su empleo, pero entonces nos hicimos gitanas sin tribu, tuvimos que mudarnos con más frecuencia de la que deseábamos a  diferentes pueblos; y aprendí a mentir con una maestría asombrosa respecto a mi vida familiar, las condiciones de mi padre se convirtieron en el secreto mejor guardado por las dos, si es que quería tener al menos un par de amigas, lo cual duraba poco, porque no faltaba quien se enterara de la verdad y entonces debíamos irnos a otro pueblo donde nadie supiera quien en realidad éramos, mi padre estaba pagando la condena por su delito, pero mi madre y yo fuimos por más de 20 años fugitivas de esa justicia social que termina siendo más implacable que la justicia civil y penal.

 

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