SOLITUD.

Los adultos siempre se quejan de la soledad, lo hacen como si sólo ellos la padecieran, rara vez uno escucha a un adulto hablar de la soledad de los niños, debe ser porque los niños no nos quejamos de estar solos, de sentirnos solos y de todo lo que la soledad significa para alguien a tan temprana edad. Hoy hablaré de la soledad de los niños, en primera persona, porque fui una niña solitaria y aunque en aquella época la padecí y la sufrí hoy en día cuando me encuentro con esa pequeña asustada y llorando su soledad, puedo abrazarla no para consolarla, sino para felicitarla por la manera tan valerosa como ella gestionó aquellos años de soledad.

Mi madre trabajaba de profesora tiempo completo, después del trabajo siempre había cosas que hacer en la escuela, por lo que su jornada de trabajo con frecuencia se prolongaba un par de horas más, mientras tanto yo estaba sola en casa, haciendo la cena para las dos, la cual aprendí a preparar desde los 7 años de edad, quizá antes, asumí a temprana edad la responsabilidad sobre mis tareas escolares y sobre las labores del hogar por lo que luego de mis tareas lavaba los platos y trataba de tener la casa limpia para que mi madre no tuviera mucho trabajo cuando llegara a casa. Esas horas sola, las resentía, me pesaban, se me hacían eternas, buscaba desesperadamente la compañía de mis amigas que vivían cerca, pero ellas casi nunca abrían las puertas de sus casas para mí, porque estaban ocupadas compartiendo con su entorno familiar, eran círculos familiares muy cerrados a los que difícilmente alguien más podía entrar, eventualmente una vecina me hacía el favor de dejar una ventana abierta para que desde ahí yo pudiera ver a “Sandokan” la única serie de televisión de la que tenía conocimiento, junto con “Concéntrese”

Los primeros días de vacaciones eran los más difíciles, pues antes de que mi madre me llevara a pasar las vacaciones en casa de mis tías en otro pueblo, debía permanecer en casa durante todo el día sola, sin comprender porque si los alumnos estábamos en vacaciones las profesoras no. La peor parte era cuando mi madre debía viajar a Medellín (la capital) y no teniendo con quien dejarme, me quedaba sola en la casa, algunas veces una compañera de trabajo de ella solía venir a dormir en casa conmigo, para “cuidarme” pero era una mujer fumadora que tenía un tufo de 40 años de humo de cigarrillo que se me hacía insoportable, a pesar de que dormíamos en camas separadas, yo podía sentir su mal aliento desde mi cama y sus ronquidos no me dejaban dormir. Cuando la mujer fumadora no me acompañaba, pasaba las noches sola en casa, pero no conseguía conciliar el sueño, pasaba la noche en vela cuidando de mi misma porque temía que si me dormía un ladrón o alguien entraría a la casa a lastimarme y me tomara por sorpresa, necesitaba estar alerta para enfrentar cualquier peligro.

Esta soledad fue muy difícil para mí, porque a diferencia de la que padecen los adultos que procede de carecer del calor de otro cuerpo en una cama, o de las palabras de amor de otro que les reafirme que son interesantes guapos, y deseables, la mía era una soledad de impotencia, de no tener alternativa, de no sentirme segura y de no saber si yo podía hacerme cargo de mi propia supervivencia en un momento de crisis, fue vivir una infancia en completo pánico, sintiendo que nadie se interesaba por mi bienestar, excepto mi madre, pero que sus herramientas para propiciarme ese bienestar estaban limitadas. Esa soledad era peor, porque yo no tenía con quien molestarme, ni a quien culpar por lo que me estaba pasando, algo que quizá debió ser saludable, yo sabía y siempre supe que mi soledad era parte de mi destino, que era lo que me tocaba vivir, bien fuera por la voluntad de un Dios al que cuestionaba todo el tiempo, pero de cuya existencia todo el mundo parecía estar seguro, o bien fuera porque como decían aquellos libros de reencarnación que leía, en otra vida no había sabido apreciar la compañía y ahora debía conocer el rostro de la soledad para equilibrar mis cargas karmicas.

Todo eso me fue dando poco a poco el valor para buscar mis propias válvulas de escape, la lectura fue el más grande refugio que pude tener, leer libros en las noches en que velaba mi propia vigilia, me hacía tener la falsa sensación de compañía, aquellos personajes de los libros eran mis invitados nocturnos. Con el tiempo mi madre se hizo a un pequeño radio transistor color marrón de cuero, que jamás olvidaré y ese radio fue mi mejor amigo por muchos años, entonces me hice adicta a las radionovelas y a cuanto noticiero y programa de radio daban, tanto así fue que cuando muchos años después conocí al verdadero protagonista de “Arandú el príncipe de la selva” me eché a llorar, no por fanatismo, sino porque Arandú era transmitido a las 6:00 pm esa hora en que la noche está venciendo al día y que a mi se me antojaba tan temerosa porque la oscuridad siempre me ha parecido cómplice de las catástrofes, pero ahí siempre estuvo el príncipe de la selva dándome el valor que a él parecía dársele con tanta facilidad.

Debí escribir no sé cuantas cartas al programa “buenas tardes doctor” con falsos problemas sólo por el placer de escuchar mi seudónimo “florecita solitaria” en la radio y sentirme importante, haciendo así mis primeros pinitos en ensayos de dramaturgia. También le escribía cartas a un astrólogo que vivía en Itagüí y el que me respondió regalándome una consulta gratis cuando visitara a Medellín. Un día mi madre me llevó a verlo y recuerdo que sólo con mirarme me dijo que yo tenía a Marte mal ubicado y que mi padre debía tener muchos problemas, mi madre me lanzó un codazo llamándome al orden, suponiendo que yo lo había enterado de nuestro drama familiar; y al salir de allí la antojada de la carta astral ya era ella, era tan acertado que le predijo a mi madre un abuso que se cometía con una de sus hermanas del que nadie sabía y que lo supimos gracias a él. Y finalmente cerraba la noche con “la ley contra el hampa” que era a las 11 pm un pésimo horario para escucharlo cuando estaba sola, porque entonces me volvía más paranoica, aunque la justificación que me daba a mí misma, era que si conocía como actuaba el “hampa” sabría como defenderme, de ahí salió mi pasión por ser detective privado, otra profesión que postergué para mi próxima vida.

Cuando menos pensé mi soledad se había llenado de compañía, tanta que cuando mis amigas venían a buscarme para jugar, yo ya tenía mi tiempo programado y me rehusaba a jugar, empecé a preferir la soledad sobre la compañía, mi cultura general era mucho más grande que el promedio de mis amigas, que ni siquiera sabían de la existencia del astrólogo, y que no sabían que significaba la palabra reencarnación. Así conquisté la soledad y me convertí en una niña más equipada para enfrentar lo que vendría cuando entrara a la adolescencia. No me puedo quejar, porque desde muy niña hice de una situación difícil, todo un altar y un tributo a mí misma, aprendí a disfrutarme más y a necesitar menos de los demás, por lo que cuando buscaba a mis amigas, ya no era para no estar sola, sino para disfrutar de su compañía.

Quizá a los adultos que se quejan de la soledad les vendría bien hacer lo mismo, quizá deberían empezar por tener sexo con ellos mismos y usar ese tiempo para auto explorarse en aras de ser mejores compañeros sexuales para el otro, quizá debieran beber más vino solos y escuchar sus pensamientos, escribir sobre ellos, ver películas apasionantes, salir a cenar solos, tomar un baño de espuma solos, hacer un viaje al mar solos, y perderse en la vista de un mar majestuoso en la mejor compañía del mundo: la de ellos mismos. Quizás entonces cuando busquen pareja no estarán buscando alguien que llene un espacio en su soledad, sino alguien a quien darle lo que ya saben darse a si mismos, amor y compañía.

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